El 15 de agosto fue fiesta en el pueblo de mi madre. Como todos los años todo fue alegría, risas, buena comida en familia… pero lo que no sabía era que la tristeza me embargaría por la tarde. Después de una larga comida, decidí dar un paseo por el monte para aliviar un poco los efectos de la comilona, así que cogimos el coche y nos fuimos al pueblo de mi padre. Había escuchado la semana pasada que el monte que rodeaba el pueblo no se había salvado de la lacra que hemos vivido estos días y quería comprobar in-situ hasta donde había llegado el daño, aunque si lo sé ahora hubiese preferido no hacerlo.
Es triste ver el monte quemado… pero más triste es ver como se ha quemado el monte en el que has pasado parte de tu niñez, el monte que te daba sombra mientras jugabas aquellas calurosas tardes de agosto. Recuerdo aquellos paseos que daba con mi padre y mi abuelo en los que me enseñaban con cariño la tierra en la que se criaron y pasaron gran parte de su vida, contándome historias de todo lo que por aquellos montes había pasado. Vienen a mi memoria aquellas cacerías de grillos, saltamontes y lagartijas que hacían más entretenido el paso de la tarde en un pueblo en el que no habia ningún niño, pero en el que a pesar de eso nunca, nunca, nunca… me aburría. Rodeado de naturaleza era feliz y aprendía a disfrutarla, y sobre todo, respetarla.
El año 91 ya fue un año triste, pues gran parte del monte había ardido. Pero la naturaleza en un esfuerzo por sobrevivir había vuelto a repoblar por sí misma toda la zona. Pequeños robles y pinos habían nacido al poco tiempo de arder y ahora ,quince años después, seguían creciendo con toda su fuerza y junto con aquellos árboles que habían sufrido menos daño y se recuperaron, el monte volvía a ser verde, volvía a darme sombra, y volvía a hacer agradables los paseos en los que recordaba lo bien que me lo había pasado de pequeño.
La semana pasada, como dije, este monte volvió a arder dejando un mar de cenizas, árboles carbonizados, desolación y nerviosismo entre los pocos vecinos que quedan, pues el fuego llegó a diez metros de la casa de mi abuelo. Para acabar de rematarla, las obras del AVE pasan a por gran parte de este monte y el daño que infringen las excavadoras empieza a notarse: nuevos caminos que se abren para pasar la maquinaria, desmontes exagerados (creo yo) para poder trabajar cómodos, escombreras… y tristeza para los recuerdos de mi infancia.
El fuego y el “progreso” han borrado toda esperanza de que esta zona vuelva a ser lo que era.
Ver más fotos en la galeria
